martes, 31 de julio de 2012

Sobre STONEHENGE y los ELEMENTOS



Los círculos de madera y los círculos de piedra se erguían mostrando los puntos por donde se eleva el sol en las mañanas de los solsticios y por donde se oculta esos mismos días. Representan el tránsito cíclico hacia el mundo de los vivos y los muertos.
La madera, viva desapareció hace muchos miles de años, pero sus fundaciones permanecen.
Stonehenge, Inglaterra, Reino Unido, antigüedad 5000 años

Nabta Playa, Region de Kiseiba, Egipto, antiguedad 8000 años

La piedra simboliza la materia imperecedera, la estructura de la memoria colectiva, es decir, el mundo de los antepasados sobre los que constituimos nuestra herencia, nuestro soporte ancestral, la piedra, Saturno.

La madera simboliza la vida en acción, la esencia que se modifica y se pudre, lo pasajero, es decir, el mundo de los seres vivos, los que están generando en ese instante la futura herencia, la creación del momento vivo, modificable.

El agua, siempre el agua fluyente, es el medio en el que se realiza la travesía entre el mundo de los vivos y de los muertos, aquí en la tierra sublunar, en un vaivén imperturbable.

Son dos los elementos estables: el fuego (el espíritu) y la tierra (la piedra)
Y dos elementos fluyentes: el agua (el sentimiento) y el viento (el metal)

Los dos elementos estables conforman sitios estáticos, por tanto de equilibrio. Origen (el fuego) y fin ( la tierra, la piedra) de todas las cosas, son el Alfa y el Omega.

El origen es inmutable, eterno, principio de todo porque sin él nada es, ni nada será: la luz genera la vida y sin ella nada se hubiera construido. El origen queda estático, allá en un inalcanzable lugar de nuestro misterio y nuestra inspiración.

El fin es concreto, puntual y definitivo, medible, esperable y alcanzable, la oscuridad y el final de la construcción y de su sentido, nada puede perfeccionar lo ya materializado, porque su sofisticación ha terminado y su lugar no tiene retorno en sí mismo. Para perfeccionarlo sería necesario alterar su esencia, desfigurarla e iniciar de nuevo el proceso con un espíritu modificado. 

El final de un proceso es la consecución más perfecta posible de lo posible. La materia es perfecta porque en si misma contiene la vida y su recuerdo estático e imperturbable. El pasado no vuelve, se reinventa en un nuevo origen.

Los elementos fluyentes son los mecanismos necesarios para dotar de movimiento a un proceso entre el origen y el fin. Equilibrio inestable, complejo e imperfecto, porque aún se mueve para llegar a otros estadios donde intentar de nuevo el equilibrio. Incluso, cuando algo se cae y se rompe, es un fin perfecto, roto y caído, porque alcanzó el estatismo y su propia falta de movimiento es ya un resultado, un punto final que indica la perfección, quizás sorprendente, pero no deja de ser la perfección posible de una obra terminada.

No hay vida imperfecta una vez que alcanzó su fin, porque de una manera u otra, permitirá iniciar un nuevo proceso en el que todo será renovado cargado de un nuevo espíritu.

Construcción de Stonehenge


El agua es el estímulo del movimiento, lo que alienta la continuidad del proceso; atraviesa en su movimiento los caminos del recuerdo de estable a estable, de origen a fin, por los senderos de la emoción física. El agua se desplaza en el plano predomínante de la tierra (la piedra). El agua conduce un mensaje desde el mundo de los muertos a los vivos, el mensaje que comunica la perfección de la quietud contemplativa, el silencio sonoro que se alcanzará en el final. 

El agua va a contracorriente de la acción de vivir, del fin al origen en el sentido contrario del ciclo, anticipando experiencias estables que aún no llegaron para beneficio de los inocentes, de los que confían en el flujo de la vida, de aquellos que aún no han concluido, de los que aún esperan. Es un inmenso regalo de movimiento contrapuesto, que mantiene el estímulo de la acción por la contrarreacción, generando perfecciones relativas, similares a las ya guardadas en la memoria. Deseo simbólico de la perfección suprema del fin, en realidad es el movimiento inverso, hacia la alegría del principio.

El agua acerca la tierra (la piedra) al mundo ancestral primigenio y a su motivación esencial; es el regreso antes y después de la propia experiencia, contraviniendo todas las reglas de avance.

El aire (el metal) es la osadía celeste en movimiento de impulso hacia la búsqueda del fin de las cosas, la búsqueda del objetivo, la fuerza creadora de lo que aún  no existió, la belleza de lo inaudito, lo sorprendente, la experiencia libre de recuerdo. Es la novedad que hace de cada proceso vital algo extraordinario, porque nunca antes fue. Lo impulsa la convicción de que el movimiento procede de una fuente inalterable luminosa y sorprendente. El viento acerca el fuego a su objetivo, la materialización de la vida inédita. 

Stonehenge



 Y en el centro de todo, la madera, frágil combustible destinado a la extinción. Porosa, empapada de fertilidad antigua de los recuerdos de los antepasados y las intuiciones del futuro.

La madera es la vida de los vivos. Es en sí misma una forma de calcular el tiempo disponible para realizar la travesía entrecruzada de estático a estático. La madera, no es un destino, no es un fin, es un vehículo, es el tiempo. Los vivos somos la representación simbólica de la coordenada tiempo. Nada existe sin la observación.

Es fascinante la concordancia entre la forma constructiva de Stonehenge y la teología geográfica del antiguo neolítico en Egipto.


 Círculo neolítico de Natba Playa, Kiseiba, Desierto Occidental de Egipto
Calendario de Nabta Playa