sábado, 15 de agosto de 2015

DIANA CAZADORA, las Tierras Salvajes




- “¡Rápido que se va el pájaro!”
- “¿Y qué?,  Que se marche,  ya no lo quiero,  está duro.”
-  “¡Vamos, vamos, dispara pronto que lo pierdes!”


Las alas del pájaro frotan la arena secamente y asciende. Pero ya salta, ballesta arriba, la flecha que lo traspasa y ancla al suelo.
El grito que se escucha es así de terrible,  tal y como te lo has imaginado. Exactamente igual que si esa flecha se hubiera hundido en el centro de tu corazón.  Sí lector, de tu corazón,  del tuyo.

Ahora mira hacia atrás. Imagínate como sale la flecha de esa ballesta y viene derecha hacia donde tú estás. Se acerca, ves su punta avanzar decididamente y no sientes que esta historia vaya contigo.
Con toda velocidad,  la flecha no cesa de acercarse y todo se hace más y más real.
Parece que eligió tu camino. Estás en el centro de mira. Es a ti a quien se aproxima inexorablemente. 
La punta, por efecto de la velocidad, semeja una bola roma y metálica, sin violencia. Pero sólo es efecto óptico.


Finalmente comprendes que viene a por ti. Te inunda el terror, quieres huir y sabes que ya no hay tiempo. Te va a atrapar.  No puedes retirarte,  ya está aquí.  Aguantas la respiración y esperas.   El tiempo es corto y largo a la vez,  se estira y encoge con el movimiento de la ola de angustia que se agolpa en tu interior.

Por fin la flecha llega,  toca la piel,  la rasga y penetra con un crujido en  la carne,  roza el corazón y un estremecimiento se apodera de todo tu ser que aun no siente el dolor,  y se extraña por ello.
Un segundo más tarde el sufrimiento ha comenzado.  La sangre mancha tu piel y trae con ella, de nuevo, la angustia y el miedo. Miedo a morir, a ser tocado en tu integridad.

La mano sube sola hasta la flecha, nadie le dio la orden.  Aferra la vara que se hinca en medio del  pecho y, con  todas tus fuerzas, tiras hacia afuera de ella.  El dolor es liberador, la flecha, chorreando sangre,  es pavorosamente tuya en tu mano. La sangre brota libre como un manantial  en  tu  pecho  y comprendes que con ella se te va la vida.
De pronto, todo es fácil de entender. La mente se nubla en un fundido rojo que poco a poco se aclara hasta la oscuridad total del blanco lechoso. Los ojos vueltos hacia dentro perciben ahora tu interior.
Tristeza infinita que no pidió  esto al amor  y lo encontró sin  saber que lo buscaba.

¡Antes de amar sabías que la ballesta existía, pero como pensar que te desearía tanto! ¡Cómo creer que buscaría tu centro con tanta ansia!
¡Ay! ¡Quién pudiera detener la flecha en la ballesta antes de todo!
¡Quién pudiera ocultarse tras los árboles!
¡Cómo ser indiferente a su curiosidad malsana por tus entrañas!  ¡Invisible a su seducción!
¡Quién pudiera quitarse del  camino recto que emprendió ese rayo mortal,  o al  menos, desviar su curso!
¡Quién pudiera encontrar el remedio a tiempo y taponar el agujero inmundo que hizo en tu pecho! ¡Dónde estará la mano que sostenga tu cabeza cuando todo tu cuerpo caiga al suelo derrumbado! ¡Quién te cerrara los ojos y llorara en silencio al verte expectante...!

                                                                               ¡Quién pudiera dejar de amar para no morir!


                                                                                                       
                                                                                                           La flecha, Carmen de Hita